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Domingo, 08 de mayo de 2005

Veinte mil personas sin medios sobreviven gracias a las ayudas oficiales o de las ONG

Al Centro de Acogida de Alicante acuden 2.500 al año, el Albergue de Cáritas en Elche asiste a más de mil transeúntes y Acomar ayuda cada día a 40 marginados Cada semana, Cruz Roja reparte paquetes de comida y kits de supervivencia a 200 'sin techo', instalados permanentemente en varias zonas de la capital

No es oropel todo lo que reluce. Todavía, en pleno siglo XXI, hay quien pasa frío, tiene hambre o carece de un techo que le cobije. Esta estampa, que cada año se recrudece con la llegada del frío, está a la vuelta de la esquina: en la propia Alicante, capital española del turismo, y prácticamente en cada ciudad de la provincia. Y sus efectos los padecen miles de personas, alrededor de veinte mil a tenor de los censos (en absoluto exhaustivos) de asistidos por organismos oficiales, ONG como Cáritas o Cruz Roja y asociaciones cristianas como Acomar (Comunidad de Personas Marginadas de Alicante).
Sus beneficiarios son hombres y mujeres de toda edad y condición (transeúntes, marginados, sin medios, indigentes, profesionales de la mendicidad, desarraigados, disociados familiares, inmigrantes...) cuyas características son tan poco homogéneas como variada su procedencia, sus taras y los problemas personales que soportan, a veces enraizados a brotes de senilidad, trastornos de la personalidad o drogodependencias. Casi siempre dan con sus huesos en la calle, a veces en la cárcel. «Cada caso es un mundo», dicen los expertos. Hacia ellos enfocan su tarea asistencial distintas administraciones, ONG, colectivos religiosos o laicos, con planes más o menos activos y eficaces de atención continuada, ayuda esporádica e incluso reinserción sociolaboral, previa terapia.
Muchos rechazan parte o toda la ayuda, rehusan acudir a los albergues o centros de acogida y casi todos insisten en vivir en la calle con el cielo raso por techo «y su casa es sólo un portal, una plaza, un jardín o un banco». Allí mismo reciben la ayuda aunque también la visita policial para su identificación e incluso llegan a padecer rechazo vecinal.
¿Cómo y de dónde son estas gentes que parecen dejadas de la mano de Dios o, al menos, de los hombres? Hasta ahora se trataba de varones, cuarentones, alcohólicos o drogadictos, pero han tenido que hacer sitio en los albergues a inmigrantes, a mujeres y a jóvenes. Los tiempos cambian y la sociedad también.
«El perfil de las personas sin hogar ha variado en España en los últimos diez años», confirman los expertos. Y un estudio de la Universidad Pontificia de Comillas sobre el 70% de los 762 albergues y centros de atención a personas sin hogar existentes en el país, elaborado a petición de Cáritas Española, indica que un 60% de los centros de acogida revelan un aumento del número de inmigrantes y de jóvenes. Y casi la mitad añade que las mujeres también están en la misma situación. La marginación no es sólo cosa de hombres.
El trabajo con estas gentes es arduo y constante pese a que, al parecer, la cifra de asistidos se mantiene estable en los últimos tres años. Alberto Martínez, coordinador de Cáritas, señala que el albergue de esta institución, ubicado en la ciudad de Elche, acoge a mil personas cada año, «la mitad de ellos inmigrantes, sobre todo rumanos y marroquíes», con casi paridad por sexos «aunque hemos notado un aumento de mujeres, la gran mayoría de entre 26 y 60 años de edad». La mayor demanda se centra en los meses fríos, de noviembre a marzo, «con un acusado descenso desde abril a octubre».
En la capital de la provincia, Cruz Roja sale a la calle cada semana para dar una batida y repartir kits de supervivencia (a saber: saco, esterilla, manta, calcetines y un jersey) a los sin techo que se han instalado en zonas concretas de la ciudad (Plaza de Luceros y Canalejas, zonas de Juan XXIII y Virgen del Remedio, sobre todo).
«Lo que hacemos es establecer un vínculo con ellos a través de los alimentos y después, en función de sus necesidades, los derivamos a algún centro. La verdad es que suelen mostrarse muy receptivos», afirma José Verdú, trabajador social del Programa de Acercamiento a Drogodependientes, de Cruz Roja.
Con un equipo de seis voluntarios, él reparte cada jueves lotes de comida a quienes viven habitualmente en la calle, «que ahora mismo son alrededor de ochenta», y también a otro centenar y pico de hombres y de mujeres que disponen para cobijarse de instalaciones propias pero muy precarias. «Hay mucha inmigración ilegal y cada vez va aumentando el número de mujeres», señala Verdú. «Nosotros trabajamos con estos colectivos que son muy vulnerables: personas que suelen vivir en la calle, que tienen problemas en su casa, o que acuden al albergue de los sin hogar. Además de darles asistencia material, según lo que nos cuenten les orientamos sobre a dónde se pueden dirigir para paliar su problema concreto, ya que no suelen acceder a recursos normalizados. Incluso les ofrecemos la posibilidad de participar en talleres de manualidades que tienen un enfoque preprofesional. Y la verdad es que se muestran muy receptivos a nuestra labor. De cada cien, 95 son conscientes de que necesitan este tipo de ayuda».
Sin embargo, esa ayuda que reciben no suele tener entre estos marginados sociales el efecto de hacerles desistir de su empeño por vivir a la intemperie. «Si ellos quieren seguir en la calle, nosotros no les insistimos: Y mucho menos les obligamos a que se vayan, sino que procuramos brindarles una estancia digna y que dispongan, al menos, de un saco de dormir. Desde luego, no se obliga a nadie a que cambie su situación o su modo de vida», explica el trabajador social de Cruz Roja.
Desarraigados
Cáritas, por su parte, basa su labor asistencial primordialmente en el Albergue de Elche, ya que considera que en Alicante el Ayuntamiento ya cubre suficientemente la tarea con el CAI. Esta ONG ofrece alojamiento de corta estancia o emergencia (sólo para tres días) y también ha detectado un notable aumento de mujeres.
Pero su labor no se limita sólo a dar cama y comida sino que intentan su reinserción. «Son personas desarraigadas pero el sistema actual tampoco ayuda mucho a que dejen de serlo ya que el propio método de alojamiento les obliga a desplazarse cada pocos días. Es una contradicción, claro, y por eso procuramos conseguirles un periodo de media o larga estancia y potenciar sus habilidades», explica Alberto Martínez. «De cualquier modo, tratamos de diversificar la atención y que tenga un carácter menos asistencialista y más de promoción social», añade.
El colectivo con el que trabajan es muy heterogéneo y sus problemas tan diversos como complejos, incluyendo enfermedades, adicciones e incluso trastornos mentales «por lo que resulta muy difícil hablar de ellos en términos genéricos».

Por: Iván Zarco Pareja | Injusticias | Comentarios (0) | Referencias (0)

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